Quiero empezar mi psicoanálisis

domingo, 4 de marzo de 2018

La histeria III: La coleccionista



                                                              

                                          "No puedo pensar  en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de protección de un padre"

Sigmund Freud.



               En los anteriores escritos sobre la histeria (La histeria I: La mirada que me permite mirar hacia atrás y La histeria II: Derribando los muros del hombre para sostener a otro), hablamos de como la personalidad histérica vira constantemente hacia atrás para transgredir el edipo y quedar enganchada a la figura paterna. Para conseguirlo tiene la opción de varios mecanismos en juego y como en una partida de ajedrez, distintas piezas a las que sacrificar para lograr su objetivo.

               Hay que entender que la relación histérica-padre hay dos vías de enganche, una seducción paterna y una querencia inherente a fijarse al padre además de una respuesta a esa seducción. Es decir, como todo sujeto, vamos a intentar quedarnos con aquello que no pudimos, con esa figura que no se puede, pero toda figura que no se puede tener también quiere romper el edipo y tener a quien le quiere tener. Donde esto se dispara y el padre muestra la necesidad de quedarse con ese objeto, dicho objeto, que viene de serie con esa querencia se hará adicto a esa mirada que le desea. Como decía hay una reciprocidad y una seducción bidireccional. Lo paterno en estos casos puede disparar la histeria y como el camello generar una adicta a él mismo, lo cual colma el narcisismo de él. La psique no da puntada sin hilo y en todo síntoma, conducta, etc, hay que preguntarse por la historia y la lógica de lo que está pasando.

              Decíamos entonces que hay varios mecanismos para llevar a cabo este encuentro edípico una y otra vez. Hoy hablaremos de "la coleccionista". Sí, no siempre será "la", no están libres los hombres de hacer eso, sin embargo, como la histeria, va a ser más habitual en las mujeres ya que los hombres tienen una estructura y conductas más obsesivas.

               ¿Qué es lo que va a coleccionar? Como siempre miradas, miradas de deseo, esas donde el narcisismo se infatúa como si fuese un tanque de gasolina que se va llenando y la aguja sube al máximo nivel. Todos queremos ser deseados, obviamente. El tema está en como cada uno se pone en juego para conseguir esas miradas y el precio que está dispuesto a pagar, vestir con poca ropa, ponerse el pelo verde, comprarse un Ferrari, subirse a bailar en una plataforma, convertirse en el mejor en algo, etc...

               En este caso la persona se va a rodear de miradas de esos hombres (también mujeres a veces pero juegan otro papel en la escena) que las quieren "tener", que las desean y se desencadena ese proceso que llamaríamos el cortejo y la escena de seducción por parte de los dos. pero surge un problema. La histérica no busca el deseo hacia adelante sino hacia atrás, no quiere tener a ese que le quiere tener y que se esfuerza en seducirla porque ella volver con papá. Las miradas de deseo producen una satisfacción en ella, en su narcisismo, por eso las quiere, porque entre otras cosas le ayudan a sobrellevar la renuncia al deseo hacia adelante y porque le demuestran que ninguna es tan potente como la de la figura que inconscientemente ama, las necesita, por eso las busca, y e aquí la confusión. Aquí es donde esos seductores se convierten en eso que llaman ahora "pagafantas", porque ante la insuficiencia de sus actos para conquistar a la histérica sienten que deben dar más, darlo todo si hace falta, porque el carácter obsesivo-masculino simplemente funciona así, si con dos no vale subiré a cuatro, a ocho, a diez, a todo... pero la histérica necesita su deseo insatisfecho como en aquel sueño que analizaba Freud donde la frase que sustraía era: Quiero caviar pero no me lo compres". Donde se juntan la imposibilidad del obsesivo con la insatisfacción de la histérica pueden pasar muchas cosas, incluso una pareja que funcione, aunque cueste creerlo, pero donde el síntoma desborda, aparece la angustia, no puede ser de otra manera.

               Así, la histérica coleccionista puede rodearse de uno o de muchos hombres que "no la pueden tener" para ella prometerse con el padre y repetir una y otra vez fracasos amorosos que parece que justifican que nadie la va a querer como él. No se equivoca, y es que lo edípico es tan inmenso, como todo lo infantil, que nada le hará sombra nunca, pero que atravesando el edipo y sabiéndose en falta es cuando podrá construir algo real. Sí, real, porque la trampa de todo esto es que al padre ni le tuvo ni le podrá tener nunca tampoco, sólo tuvo la fantasía de un imposible al que se hizo adicta. Luchará contra la realidad una y otra vez y conscientemente se preguntará qué demonios les pasa a los hombres, por qué se le repite siempre lo mismo, por qué se enamora de quien no le quiere y desprecia a quien sí, por qué se lleva mal con otras mujeres, que por supuesto detectan esto y la rechazan, sobre todo las novias de amigos y conocidos que se percatan de esta red seductora masiva como si de una de pescar peces se tratara y ven peligrar sus relaciones; pero inconscientemente tendrá todas las respuestas de preguntas que son para ella misma y no para el otro.

               Con eso se encontrará en un análisis, con ella misma y con su repetición, y rompiéndola podrá construir hacia adelante eso que anhelaba reconciliándose con la realidad.

Luís Martínez de Prado.
Psicólogo / Psicoanalista / Formador. 

Director de: www.psicocatedra.es

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jueves, 15 de febrero de 2018

Psicoanálisis y amor: La conmoción del narcisismo



                                                                                              "El que ama, se hace humilde. Aquellos que aman, por decirlo de alguna manera, renuncian a una parte de su narcisismo".
Sigmund Freud.



               Siempre se trata de un problema de amor y con eso trabajamos los psicoanalistas, con una problemática que pone al sujeto en juego, porque en cuanto hay un otro/s el sujeto está en juego y lo que se pone encima de la mesa es el narcisismo. Todo el mundo sabe de amor aunque quizá saber es demasiado pretencioso, pero lo que sí sabemos es que todos hemos vivido el amor, es más, todos vivimos de amor porque eso es lo que nos hace sujetos... sujetos al amor entonces en tanto que somos el deseo del Otro, que no es poca cosa, el Otro nos desea, nos ama, nos trae y nos da vida. Con este deseo se construye el deseo propio y se nos erotiza haciéndonos queribles y amadores hacia adelante, hacia el mundo de afuera del Edipo. 

               A través de este baño de amor se construye también el narcisismo, necesario, con todo lo anterior para ser sujetos, personas, para estructurarnos. 

               O sea que el amor nos erige pero pone en juego lo que el amor nos ha proporcionado que es la inyección de narcisismo. Es lo mismo que decir que el amor desestructura, "nos mueve el piso" dirían los argentinos. No se me ocurre mejor expresión para ese impacto en el inconsciente que es el enamoramiento. Sí, un impacto a un nivel que se escapa a la consciencia, lamentablemente, por lo que parece, para los que quieren sostener que el amor de alguna forma se determina por lo consciente queriéndole otorgar al yo de un poder que no tiene. Por tanto, el enamoramiento no se elige, se maneja como se puede pero no se elige.

               Por todo esto la problemática del sujeto aflora cuando entra en la escena del amor, nadie se libra de esto, nadie se escapa. Pero como siempre al humano le cuesta aceptar "la falta", su incompletud que siempre está de manifiesto pero que con esto del amor , que nos deja en pelotas, queda a la vista de todos. La teoría tampoco deja de ser víctima de las desesperaciones de sus autores y encuentran lo que el sujeto anhela, anhelo compartido en comunidad, no sufrir de amor... qué sino. 

               De esta forma se tergiversan filosofías ascetas, orientales, budistas, etc, para fomentar amores donde el narcisismo no se pone en juego. Es decir, el amor debe ser ideal, una escena de amor donde las dos personas van de la mano pero no aparecen miedos, reclamos, celos, tambaleos, que es justamente lo que el amor implica. Plantea a dos sujetos totalmente "equilibrados", fuertes, donde no pasa nada y lo que pasa se resuelve porque nada del narcisismo se conmueve, nada duele porque "yo estoy entrenado y trabajado para no sufrir". La trampa de esto es que lo que se fomenta es una pareja donde cada uno se mira a sí mismo en vez de mirar al otro y hacia adelante, se transforma en un amor a uno mismo no en un amor a la pareja, lo cual implica miedo inevitablemente porque depende de que el otro te elija... cada día y puede, en un momento no elegirte más.

               De la misma forma parece que se obliga al sujeto a ser un espartano del amor, no debe sufrir porque no pierde nada, porque uno es su media naranja y la otra, uno debe ser completo, no necesita nada ¿Entonces para que una pareja? Según esto sólo cuando el sujeto está lo suficientemente completo es cuando está listo para una relación. Cuando el realidad el sujeto puede amar cuando sabe de su incompletud, ama porque está en falta.

               El amor debe ser libre, porque sino no es amor, pero desde las tendencias teóricas que capitalizan hasta el amor y el deseo, encarcelándolo paradójicamente, se clama por una libertad perversa, donde el otro no puede ocupar un lugar en nosotros porque entonces nos desestabiliza, nos rompe la completud, nos desnuda y nos castra. Y de eso no se quiere saber nada. El mensaje perverso fetichista del capitalismo nos invita a usar al otro como una muñeca o muñeco inflable y a una masturbación compartida. hacer el amor, pasa por otros derroteros.

               Y esto no sólo se cuela en el amor sino en todos los aspectos de lo social, las amistades, lo laboral, la educación, el consumo, etc... No por nada la sociedad a pasado a un individualismo supremo que a veces parece derivar en autismo, en no poder conectar con el otro, lo cual altera totalmente el proceso que explicaba al principio.

               No negamos por eso las patologías del amor, cuando lo posesivo se vuelve sometimiento, los celos cortan las alas o cuando el maltrato aparece en escena. Seguiremos hablando del tema. Pero negar lo que el amor implica implica matar el amor. Normalizar el amor es como pretender cuantificar el deseo, aún así lo real aparece siempre y nos golpea. Afortunadamente en el amor somos vulnerables y eso es lo quenos hace amar y ser amados, como decía una frase en aquella canción: "Esa sonrisa tan rara"

               Pronto se colgará por aquí el audio de la conferencia: Psicoanálisis y amor: Somos como nos quisieron, que hace referencia al texto de mismo nombre: Somos como nos quisieron.


Luís Martínez de Prado.
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lunes, 5 de febrero de 2018

Madurar es aceptarse

               


          En la clase de la semana pasada un alumno me decía esto: "Es que a un psicoanálisis uno llega buscando la completud y se va con (encontrando) la falta."

           No pudo estar más acertado. Entendemos así que el paciente no viene a curarse, viene por un problema con el goce, que ya no compensa la angustia y quiere una solución para poder seguir gozando. Todo esto acentuado por el imperativo de goce que reina ahora que instiga desde fuera y desde el propio superyó a gozar con la amenaza de ser excluido/no querido.

           Pero el imperativo de goce/completud viene más de dentro que de fuera, el mensaje externo sólo se emite porque los oídos del inconsciente están deseando escucharlo. El humano, desde su deseo inconsciente quiere la satisfacción plena, infantil, sí, pero eso no importa, se rige por el principio del placer, es a través de la inserción en la cultura donde el principio de realidad se adherirá a la forma de vincularnos con el mundo y con nuestro deseo. No es que renuncie al placer, es que ahora lo obtiene como adulto, entendiendo que conlleva algo a cambio. Este traspaso implica aceptar la falta, que no taparla con objetos. Esto es lo angustiante y el paso de madurez que todo sujeto debe hacer, el precio de no hacerlo es el sufrimiento de la derrota continua contra la realidad. Ésta no entiende del imaginario de cada uno sino que pone a cada uno en su lugar. La realidad manda como una ley implacable.

           Desde otras corrientes se actúa para sofocar estos intentos de completud del inconsciente... dándole lo que quiere, la creencia de que todo es posible, de que todo se puede, en definitiva de que se puede tapar la falta, de que el humano puede ser completo, una mentira que es justo de lo que el paciente viene enfermo. La ganancia inmediata es la disminución de la angustia, la consecuencia es la promesa de la caída futura, del golpe de realidad.

           Esa es una arista de la ética del psicoanálisis, que rompe la mentira de que el sujeto es superman para que pueda aceptarse como Clark Kent (No se confundan, Clark Kent es débil solamente si se le compara con Superman, con lo imposible) y ser feliz. Porque sujetar la mentira de Superan (completud) puede salir muy caro al sujeto. Conlleva sostener como un equilibrista algo que está condenado a caerse a través de síntomas, comprarse coches carísimos, drogas, psicofármacos, etc... Heredándose además hacia los hijos que tomarán ante la angustia las soluciones que ven de los padres.

           Analizarse puede ser la forma de que un sujeto entienda que renunciar a imposibles le puede permitir disfrutar de lo posible, madurar en definitiva y pasar del principio de placer al principio de realidad.

Luís Martínez de Prado.
Psicólogo / Psicoanalista / Formador. 


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sábado, 28 de octubre de 2017

La histeria II: Derribando a un hombre para sostener a otro


               
               En el anterior texto hablábamos de esa mirada que se buscaba en la histeria para volver hacia atrás (Ver: La histeria I).  Pero digamos que como toda neurosis es infantil, todo síntoma va a tender a lo infantil y toda vuelta a lo infantil remite a lo edípico. En la histeria vamos a encontrar esta vuelta al padre de diversas formas.

                Puede ser difícil de entender lo que dicen los analistas de la histeria: Que se pone en el lugar del hombre, aclaremos, principalmente que es cuando está en síntoma. Pero una pregunta que me parece importante sería: ¿A quién protege cuando se pone en lugar de hombre? Evidentemente a papá. Para conseguir hacer esta vuelta necesita defenderse de lo que tiene adelante. En el anterior escrito veíamos como una de las formas era vincularse en relaciones de pareja imposibles que evidentemente la permitían volver hacia atrás, es decir, cada fracaso amoroso es en realidad un triunfo que justifica: "Es que nadie me va a querer como papá". Esto permite una vuelta sin culpa o por lo menos disminuyendola. Para ello suelen juntarse con una pareja lo suficientemente anulable o anulada, por lo menos como adulto, porque así no se destrona a papá, que es lo que verdaderamente da culpa.

               Es que si ese a quien elige si plantea amor y compromiso hacia adelante, surge el problema evidente de que se le reclama como adulta y la escena le impone abandonar una posición infantil. Es decir, se produce una pelea entre dos hombres. Aquí vamos a entender como la histérica se pone en el lugar de hombre, ¿Cómo? anulando al hombre de delante (al que no es papá), despojándole del falo. 

              Así, como si fuese un muro, la histérica tira piedras al muro del hombre hasta que lo quiebra. Ataques histéricos (de insatisfacción), reproches, acusaciones, desplantes y un largo etc, por ejemplo poniéndose muy masculina en la cama, que si bien puede encajar con algunos, con otros muchos no. Depende del hombre que tenga enfrente y de como tolere el sufrimiento de estas piedras y su personalidad -quizá un obsesivo sufre mucho porque quiere satisfacerla a toda costa y es un imposible, o en el otro extremo alguien muy prepotente que la trate despóticamente como la trataba el padre y ahí se queda más tranquila (depende del caso)- se quiebra y no soporta los ataques, el muro se rompe, ahí perdió lo fálico, lo que para la histérica le hacía fálico. Es ahí donde la histérica puede decir: "Ya no me gusta, es que no es lo suficiente hombre". Se podría decir que ella le trata a él como el padre le trataría a ella, lo impotentiza y se cobra de tributo el falo, robándoselo a la misma castración.

               Y es que por más que hablemos de muros en realidad hablamos de sujetos deseantes que habían puesto algunas o muchas expectativas en ese objeto de deseo - amor, por eso el ataque continuado, el sentirse sitiado ante quien debería "quererle bien" se hace insoportable para él. Pero para la histérica, por más que por fuera también sufre la pérdida, se resarce con una ganancia del anhelo infantil. Y es que ningún hombre es tan fuerte como papá, ningún muro tan fuerte como él. Nunca la realidad será más fuerte que la fantasía, nunca el padre que se fantaseó de niña podrá ser superado por lo que se encontrará después, pero sino puede castrarse y pasar a la adultez se quedará enganchada a la fantasía de lo que no es, a la fantasía de lo que en realidad nunca fue pero fue lo bastante como para dar lugar a fantasear que sí puede ser.

               En base a esa fantasía se repite y se repite, pero muchas pacientes, a través de su análisis se dan cuenta de esa repetición y consiguen hacer la renuncia para por fin, poder construir algo de verdad, del orden de la realidad.


Luís Martínez de Prado.
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domingo, 22 de octubre de 2017

La histeria I: La mirada que me permite mirar hacia atrás



               
               Cuando explicamos la histeria casi siempre empezamos diciendo que es una estructura dentro de la neurosis (la que tiene principalmente la mujer) en la que se sintomatiza a través del cuerpo, la psique toma el soma y por ahí se expresa. Ojo, las otras estructuras también pueden tener síntomas histéricos, pero digamos que no prevalecen estructuralmente. Así, lo no dicho se posa en el cuerpo, si no quiero hablar en público mañana quizá me de un problema de garganta, si no quiero hacer el examen o sentirme evaluado me pondré mal del estómago, si no quiero ser deseado sudaré demasiado o me dará un brote de psoriasis entre otros muchos ejemplos.

                Pero sobre el cuerpo no sólo se posan los síntomas, también las miradas y eso refiere a la histeria también, por ejemplo a la seducción histérica donde se muestra el cuerpo, se seduce pero sólo por el mero hecho de seducir, es decir, se goza de las miradas que se posan en el cuerpo. En la era tecnológica actual esto se ve amplificado en las RRSS, facebook, instagram, twitter, etc, donde lotes de fotos de forma más o menos sugerentes se lanzan al mundo en busca de "likes", esto se ve en mujeres y hombres por lo que la histeria masculina obviamente está presente.

                Toda neurosis y todo síntoma nos remiten a lo infantil, ¿entonces qué se pretende con estas miradas ajenas que se tratan de dirigir al propio cuerpo? Que nos miren como cuando eramos niños y nos devuelvan a ese narcisismo primario, esa mirada deseante que nos quiere sólo por existir. El problema que la adultez ya no consiste en eso, podemos conseguir que nos miren sí, pero más allá de eso, el que el otro nos valore hay que ganárselo haciéndose valer. Y eso se hace hacia adelante, no pidiendo de alguna manera al otro lo que nos daban siendo niños. Esta sería la diferencia entre la infancia y la adultez.

                En este afán de recolectar miradas se vuelve a la mirada paterna, a la mirada más deseada, pero a la que nunca se puede volver. Así se configura esto como una adicción porque las miradas no sirven para recuperar lo que en realidad no se tuvo, sólo se fantaseó. De esta manera infantil, las miradas nunca serán suficientes.

                El otro aspecto infantil, o el mismo según se mire es que el enganche a este tipo de miradas hace en el sujeto como un estancamiento preedípico, que no puede construir el vínculo real más allá de la mirada, es un "se mira pero no se toca", es un deseo que no desea al otro sino su mirada, o sea es un deseo que por esa forma de ser mirada no puede desear hacia adelante sino hacia atrás. Es como si pidiera el imposible de: "Mírame como me miraba papá", pero por muchas miradas que coleccione ninguna será como la paterna, lo que le sirve para justificar quedarse en posición infantil frente al padre gozando de la única mirada que sí le sirve: "¿Ves? papá es el único que me quiere". Es decir, recoge las miradas que le permiten a ella quedarse mirando hacia atrás.

                Esto se traduce en parejas y proyectos imposibles y en no poder madurar, en quedarse enganchado, sino se hace algo, de la intensidad de lo infantil pero sufriendo cada vez que la realidad muestre su inherente imposibilidad.



Luís Martínez de Prado.
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domingo, 15 de octubre de 2017

No poder asumir la pérdida

               

                
                  Todos sabemos lo que es perder cosas importantes en la vida. De hecho los humanos partimos de la pérdida. Venimos a una cultura donde ya de por sí estamos en falta, tenemos que adaptarnos a los deseos de los otros, no gozamos de la satisfacción total que querríamos. Aún así, sea cruel o no, la vida nos da en la primera infancia la sensación de que sí lo tenemos todo cuando somos uno con la madre, como si de un modo simbiótico se tratase, se convierte en un todo de satisfacción, una fuente de placer casi absoluto en un punto de nuestra línea de tiempo donde justamente no hay tiempo, donde no hay razón para no creer que será eterno. Poco dura esta eternidad porque el nombre del padre hará de corte de esta simbiosis en la que el sujeto quedará marcado por eso que los analistas llamamos "la falta". 

                  Esa fantasía de que todo se tuvo se rompe pero el sujeto se queda enganchado de por vida tratando de llenar ese agujero que no se puede llenar porque es estructural.


                  Esto no quiere decir que no podamos ser felices, estar bien, etc.. -sí que es verdad que el problema es que la felicidad se vende hoy en día, como muchas otras cosas como una completud, negando la falta y eso es justamente lo que enferma a las personas- pero ese tema es para otro escrito. La felicidad, en realidad pasa por aceptar la falta, asumir esa pérdida de lo que en realidad no fue (porque esa satisfacción completa fue una fantasía no real sólo que hasta que no aparece el nombre del padre no se siente la falta), para así poder construir a partir de saberse incompletos. Se trata de bordear la falta y no de taparla, que no se puede y es al intentar taparla y negarla es cuando vienen las adicciones y demás, porque como no se puede llenar, los objetos que se usen para llenarla nunca serán sufiecientes y aumentarán la frutración e insatisfacción.

                   Lo edípico remite a la pérdida primordial pero como decía al principio la vida nos irá marcando las diferentes pérdidas, nos marcará real y simbólicamente la muerte, ya sea de las personas, la propia, de relaciones, de objetos, etc.

                   Como decía, la clave está en aceptar y asumir esas pérdidas y el que las asume construye una vida donde tiene en cuenta eso, que las cosas se pierden, que la completud no existe. Paradójicamente, no asumirlo es justo lo que puede hacer a la gente perderlo todo, hasta lo que más quiere. Para que se entienda, echamos gasolina al coche porque sabemos que si no la echamos nos quedamos tirados, puede ser en carretera e incluso tener un accidente a consecuencia de ello que involucre también a más personas. No queremos que eso ocurra con lo cual llenamos el tanque de gasolina. Pero si negamos que el coche se va a quedar sin gasolina, si negamos la realidad, esto va a pasar.

                    Una cosa es construir sobre la falta y otra es construir para que no haya falta, lo que de entrada es un fracaso seguro y además condiciona totalmente la vida. Así, hay quien niega que si se gasta todo el dinero se quedará sin nada y apura, se hace el loco hasta que la realidad le cae en la cabeza. Justamente hacerse el loco... la locura es la que estructuralmente no acepta la falta y vuelve al estadio infantil. O se hace un desastre en el trabajo pensando que no le van a echar nunca, pero los jefes no son papá y mamá y le acaban echando. Por supuesto que sus quejas serán después contra el mundo cruel, contra los jefes, contra el Otro, pero no contra ellos mismos exigiéndole a los demás lo que no están dispuestos a exigirse a ellos.

                    En el amor se ve muy fácil. Cuando sufrimos un corte nos empuja directamente hacia esa incompletud y sufrimos ese desgarro. Ante eso, las reacciones de las personas son innumerables, hay quien sólo piensa a través de la persona amada tratando de interpretar su deseo y convirtiéndose en eso que esa persona querría, así vemos a algunos dedicarse de repente a aficiones que considerarían les harían más atractivas al objeto de amor pero no se dan cuenta que pierden su autenticidad y seguramente sea peor el remedio que la enfermedad, otras parece que piensan "hemos cortado porque no soy completo, voy a hacer algo para ser completo y así nadie podrá dejarme"; esta es parecida a la anterior y parte de un imposible, como explicaba al principio, justamente la fantasía de completud es la que enferma a los sujetos. El obsesivo hace rituales para que la persona amada vuelva, el psicótico la alucina como si nunca se hubiera ido. Es que las formas de negación son miles.

                      Pero volvamos al ejemplo del coche y la gasolina en el amor. Construir una relación en base a la "no pérdida" justamente lleva a la pérdida. primero que esa no pérdida no es real. Segundo ¿Cómo se va a cuidar una relación donde el otro no se puede perder? ¿Cómo se va a desear? Se desea lo que no se tiene. Puede que la fantasía del amor incondicional encaje con la otra persona, es decir, que como mamá en la infancia, permita que esa fantasía de completud se pueda pensar como real. Pero así nos encontramos con la falta de deseo, de relaciones sexuales, con la falta... de nuevo y con la pérdida. Es obvio que lo que queremos no queremos perderlo y evidentemente intentaremos no perderlo, tampoco se puede caer en ese ideal falso de libertad y de no necesidad que se vende en ocasiones como si pudiéramos ser imperturbables. Pero el punto está en partir de que eso se puede perder, así uno construye su vida en función de que el amor se puede acabar, la relación se puede romper. Si la construye en función de: "No se puede romper", "No la/le puedo perder", la relación estará totalmente condicionada. Y lo demás también, por eso se cerrará y no hará nada más, dejará a las amistades de lado, etc.

                      Resumiendo, en los cortes vemos dos tipos globales de actitudes, por un lado, los que asumen la pérdida, sufren, porque se sufre y avanzan a partir de su deseo, se rehacen y viven en la realidad. Por otro, quienes desafían a la falta diciendo: ¡No me volverá a pasar! y se quedan enganchados, generalmente sufriendo mucho más, negando, culpándose, que es parte también de lo mismo, además de muy narcisista, porque si todo depende de uno, si es porque hice esto o esto otro mal que la relación se rompió, significa (en su cabeza), que si hago algo diferente todo saldrá como quiero, De esta forma no se asume la imposibilidad de lo que simplemente no funcionó. Así de simple, por más que duela y por más vueltas que se le den.

                       Se trata del principio de realidad, porque es asumir la realidad lo que hace que uno decida llenar el coche de gasolina, es lo que puede dar una felicidad diferente a los sujetos. A la realidad no le importa que uno no la quiera asumir, se hará presente igualmente. No es cruel, lo cruel es quedarse indefenso y reclamarle como un niño que sea diferente. El adulto la acepta y se mueve en consecuencia.

                       De eso se trata un análisis, entre otras cosas, de que el sujeto pueda aceptar la falta y liberarse de buscar una completud que no existe para poder llevar una vida a partir de su deseo con la posibilidad de rehacerse después de los fracasos a nuevos horizontes y por lo menos sufrir sólo cuando sea necesario, no por no poder sostener un imposible. Eso, pienso que es la salud.

Sobre esto ver también: La castración. No querer renunciar a la completud.


Luis Martínez de Prado
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jueves, 12 de octubre de 2017

¿A qué se va al psicoanalista? La angustia


                        Como siempre decimos, los pacientes no vienen a la consulta para curarse (Ver: La escucha de los profesionales), vienen porque sufren sí, aunque ya sufrían antes. El problema es que ahora la presión del síntoma se ha hecho insoportable pero ni siquiera vienen para quitarse necesariamente el síntoma, antes ya tenían síntomas, llegan a la consulta por la angustia, que es lo que no engaña, pero si quitamos la angustia de la ecuación (como algunas terapias), el sujeto puede vivir con sus síntomas de nuevo porque está gozando inconscientemente y las consecuencias de ese goce no se están sufriendo tanto.

               La psique siempre busca una constancia - equilibrio - homeostasis y el síntoma es parte de este mecanismo, es una descarga parcial, una satisfacción, una suma de excitación que se desplaza al cuerpo, a una idea, a una fobia, etc. Podemos decir para entendernos que el síntoma se disfruta también. Y los pacientes vienen cuando el síntoma produce demasiadas consecuencias negativas por las que ya no puede ser disfrutado, o sea que algo de eso del goce se cortocircuita y el equilibrio se rompe, bendita angustia que hace que el sujeto se pregunte qué le pasa. 

               Aquí es donde entra la ética de las corrientes de la psicología: ¿Qué se hace con esta angustia que trae el sujeto? (Ver: Escucharse para poder escuchar).  Un impulso natural de una oreja que no ha sido analizada previamente tratará de vencer esa angustia, acallar ese grito de sufrimiento y devolver a la normalidad a ese paciente que en ocasiones se lo implora. Pero un analista que previamente ha pasado por su propia falta, por su propia angustia y que ha madurado escuchándose podrá, porque se hizo cargo de lo suyo, trabajar con esa angustia para que el paciente pueda también transitarla, ver lo que le pasa, hacer consciente lo inconsciente y develar la escena de su vida, lo simbólico, el goce. Ahora sí puede decidir cambiar y llevar su vida diferente.

               Ni que decir tiene que a niveles demasiados fuertes de angustia no se puede trabajar bien y no es que no ayudemos al paciente a sufrir menos, lo que no podemos hacer es entrar en el goce del paciente y ayudarle a sobrellevar la enfermedad porque esto sería como una especie de training para soportar la insatisfacción. Es como si a una persona cuya pareja le maltrata le enseñamos a relajarse mientras le pega para sufrir menos los golpes, a hacer meditación y centrarse en el aquí y ahora cuando esté destrozada en casa y cuando tenga miedo, a evadirse y pensar en otras cosas cuando la está insultando, o a tomarse pastillas después de cada ataque. No, se trata de que la persona piense porque está en esa escena, donde la ha vivido antes, que se le está repitiendo, hacia donde apunta su deseo, el goce, etc... 

               A través de una relación transferencial con el analista, donde algo de la repetición no encajará igual, el analizante podrá entender que es dueño de su propia vida y que la angustia pasa por tomar una posición diferente, adulta. Porque la otra alternativa es echarle gasolina al goce, que remite a una posición infantil (Ver: El goce - Vídeo), así nos encontramos sujetos desvalidos en una sociedad de consumo infantil incapaces de hacerse cargo su propia historia sólo porque quien se encargó de ellos no pudo enseñarles a escuchar su falta porque no se hizo cargo de la suya propia.


Luís Martínez de Prado. 
Psicólogo / Psicoanalista / Formador. 

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