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Escuela de Atenas |
La certeza es la locura.
Paco Duque - Psiquiatra
El concepto de "verdad", podría dar pie a un debate filosófico,pero estoy convencido de que el hilo del mismo se parecería sobremanera al manejo de este concepto en psicoanálisis.
En
esta ponencia el profesor de filosofía Darío Sztajnszrajber nos habla de
la verdad como un concepto inalcanzable. Uno puede preguntarse: ¿Pero entonces
todos esos filósofos que pasaron su vida pensando y
algunos revolucionando el mundo? Darío nos diría que aun así no
han llegado a la verdad absoluta, igual que no se puede llegar
a ningún concepto absoluto y abarcarlo por completo: Ni el amor, ni
la felicidad, ni la salud, ni lo correcto, ni lo bello. Por lo tanto el más ignorante
de los hombres está a la misma distancia de la verdad que el más ilustrado de
los filósofos.
Entonces
cabe preguntarse qué quería decir Aristóteles cuando decía que era más amigo de
la verdad que de su maestro Platón. Imaginamos que él hablaba de su convicción.
Pero convicción y certeza no es lo mismo. Aquí es donde podemos empezar a
hablar los psicoanalistas.
Paco
Duque decía que la certeza es la locura y eso es porque en la locura no se
duda, hay una certeza cerrada que o admite la grieta. La psique en este caso se
ha armado frente a la angustia des-estructurante con una realidad absoluta que
pone sobre la realidad más objetiva (aunque este es otro concepto que tampoco
podemos escrutar). Ver: La locura del saber.
Si no pasa
esto lo que nos encontramos es con convicciones, que por suerte para los
pacientes y los analistas no llegan a certezas aunque a veces se acerquen. Como
sujetos del lenguaje partimos de que el lenguaje conlleva una pérdida, un resto
que no se puede nombrar por más que demos vueltas. Por eso por más que
describamos un objeto nuca podremos decirlo TODO de él, ni de ningún concepto.
Paradójico
para nosotros los profesionales del psicoanálisis al que de entrada se nos
atribuye el sujeto supuesto saber, es decir, que el paciente nos atribuye
verdades que nos vendrá a pedir. Pero las verdades son de él mismo, subjetivas.
Y por más que les cueste a otras corrientes de la psique aceptarlo, a la verdad
de uno mismo sólo uno puede acceder, y tampoco del todo. Como decía Freud: “El
inconsciente no todo puede ser descifrado.”
Las
convicciones de cada cual serán puestas en juego en el dispositivo analítico y
se nos exigirán verdades en muchas ocasiones. Algunas personas pueden estar
convencidas de que ser promiscuo está mal, de que no está bien desear a varias
personas, o a alguien del mismo sexo, de que es normal que de niño si uno se
porta mal le peguen o le encierren, de que sólo puede seguir los mandatos
del deseo ajeno y no los del propio. Esquivará el analista la exigencia
de verdades, las preguntas de si esto está bien o está mal y devolverá al
paciente la pregunta: ¿Por qué estaría mal? Permitiendo que por fin se
cuestione, no sin angustia, lo que en el fondo está determinando su vida.
Dándose
cuenta de que sus convicciones venían del otro y haciéndose responsable ahora
de su posición, su discurso y sus elecciones. Accediendo a parte de su verdad
inconsciente, que sólo en él habita.
Esto sólo es posible por dejarle
ese espacio para él, para que pueda aparecer, liberarse, hablar, porque como
decía Lacan: “Yo, la verdad hablo.”
La ética del psicoanálisis tiene que ver con manejar cada uno su propio “no saber” (su falta), para posibilitar ese acompañamiento del paciente. Parece mentira que todas esas corrientes que en su discurso hablan de la libertad y emancipación de los sujetos, les sometan en la práctica a un saber que es del supuesto profesional. Un sometimiento que es lo que enfermó al sujeto. La convicción, a fin de cuentas, se cura con dudas, no con certezas, y menos si son de otro.
Eso mismo aplicamos en los seminarios de psicoanálisis, para que cada alumno pueda cuestionarse, pensar, construir... construirse.
Ver: Seminario: La mirada psicoanalítica.
Luis Martínez de Prado.
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